
Lógica y atracción nunca fueron de la mano. Si me preguntaran la relación exacta entre belleza y osadía respondería que la ausencia de miedo a arriesgar. La ambición, recostada en sus labios, infinitos y armados, esperando su oportunidad, el momento idóneo para disparar. Devoción y un par de oraciones sin ritmo ni cohesión, pero que estremecerían al mismo Dios. Dios de la penumbra y de la tempestad, de la desmesura sorbida por dos jóvenes inconscientes en pleno ocaso mental; lo que nos mantiene vivos, la certeza de saber que el destino es un dardo desviado y que las cigarras seguirán cantando cualquier noche de verano.
Lo salvaje.
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