En proporciones exactas, la
histeria de los cobardes es alícuota a la magnitud de onda espolvoreada por la
sien de una raza suprahumana, dispuesta a exterminar nuestro pasado, firme y
acomodado. Y en uno de esos arrebatos de poder, a los que me tienes acostumbrado,
rozas cada parte para deshacerte de la corteza y constatar así tu hegemonía
sobre los débiles. Porque tal y como me enseñaste, solo los héroes
resisten, solo a ellos les pertenece la
vida, y a pesar de tener la lección bien aprendida, seguimos chascando los
dedos desde la orilla esperando encontrar un bote libre en el océano de la desesperanza. Sin duda, la
paradoja malentendida de una especie marginada en un universo que cree propio
pero que ni siquiera le pertenece. Porque los diamantes brillan mucho más allá,
y porque la sombra de la inocencia proyectada sobre la pared agrietada devasta
el vértice de la sombra, cansada de perseguir sin alcanzar, de madrugar sin
vencer. Pero que, a pesar de todo, sigue adelante, no se rinde y camina descalza
sobre el asfalto mojado con el alma manchada de alquitrán. Confiada pero sin
saber donde va. Tal vez hacia el apocalipsis o
hasta los pies de tu cama. Que viene a ser lo mismo. Y es que no existe
un adverbio que te haga justicia, puesto que desapareces de imprevisto entre los nexos vacíos de mi memoria, exultante y dejando un rastro de cocaína a tu
paso. La misma que nos hizo perder la fe; fe en las casualidades y en la
devoción humana. Y al descorrer el velo y mirarnos sobre el reflejo estancado en
el suelo, observamos que no somos los mismos y que, probablemente nunca lo
seremos. Y es que, pequeña Marilyn… los diamantes no son para siempre, porque
incluso lo que creíamos eterno, ha
desaparecido.
Exquisito. Entiendo perefectamente.
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