Abro los ojos, los primeros rayos luz del día parecen haberse colado por mi ventana, aparto las sabanas claras y pegadas a mis piernas y oigo un aullido estremecedor al final del pasillo. Sigiloso y asustado me acerco a la puerta entreabierta para descubrir que hoy el abatimiento es nuestro nuevo invitado. Ella, apoyada en la encimera, apenas puede sostenerse. Está hundida y dolorida, los moratones de su alma parecen rechinar hoy más que nunca. Ahora calla; y la última lágrima de mar que resbala por sus ásperas mejillas desaparece, al igual que el miedo y el dolor. Ya no queda nada.
De caminar a oscuras por calles heladas hasta el amanecer,
te quedó una larga historia, una vida rota y todo por hacer...

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