Me gusta despertar sin prisas. De forma natural, sin timbres ni zarandeos impetuosos. Solo cuando he llegado al límite y necesito un matiz de lucidez, descuelgo mis parpados y retomo mi vida tal y como la dejé la noche anterior. Después de reposar varios minutos sobre el colchón, cojo aire y me estiro, me estiro mucho, como si cada extremo de mi cuerpo fuera a salir disparado a kilómetros y kilómetros de mi cama. Aún lento y perezoso, me pongo en pie y comienzo mi larga jornada. En un día normal me habría puesto enseguida a realizar cualquier cosa más o menos útil, pero esta mañana ha sido diferente. Necesitaba hacer algo que me recordase que estoy de vacaciones, hacer algo poco habitual: preparar y degustar un largo y apetitoso desayuno. Y es lo que he hecho. Tras elaborarlo, me he lanzado sobre las tostadas comiéndomelas en tan solo unos minutos. Tan rápido que apenas he tenido tiempo para disfrutarlas, tan rápido que me han sentado mal. El ansia ha podido conmigo, ha sido increíble. Ahora no quiero volver a ver tostaditas en mucho tiempo…
Y yo, que reflexiono demasiado en ocasiones, no he podido evitar establecer una semejanza y preguntarme: ¿me llevarán mis ansias a aborrecer todo ese nuevo ambiente que deseo impaciente ? ¿Estoy anticipando el final de todos esos sucesos que no se han sucedido aún? ¿Seré yo mi propio rival, mi propio obstáculo? ¿Seré un completo soberbio al preguntarme sobre todas estas cuestiones sin respuesta alguna?
PD: ¡Aún me huelen las manos a mantequillaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

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