Aún recuerdo tus ojos clavados en los míos. La sensación de
haber perdido el norte y bendecido el sur. La plácida victoria enredada entre
tus pestañas y el elixir prohibido goteando sobre tu pecho. Indómitos,
explorando lo desconocido y deslizándonos superfluos sobre la corteza rasgada.
Borrachos de placer en el océano de las sábanas… desafiando al universo a los
pies de tu cama. Perfilando cada roce, levantando un vendaval, estremeciendo mi
cuerpo y haciéndome gritar. Entonces aparece, entonces se derrama, el impulso
violento que golpea mi calma. Abriendo paso, sin medida... impacientes por
elevarnos a una dimensión desconocida.
Bebiéndonos la vida, devorándonos al alba, esnifándonos continuos el aroma que
aguardas. Enfermos, psicóticos, obscenos y sedientos descifrando a momentos
cada movimiento, cada críptico secreto sobre tu almohada bordada mientras el mundo se
desmorona sobre tu espalda mojada. La oscuridad testigo, de tus pasiones
ocultas, ensancha la vera del camino que exultas; cabalgando hacia la
salvación, entre sueños y retales, retemos a la historia volviéndonos
inmortales.
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